Hoy es Día de las Madres… y he estado pensando en ti

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Tú me enseñaste que las personas bien educadas no llaman por teléfono después de las nueve de la noche, a menos que sea una emergencia. Me enseñaste a hacer una maleta, a preparar café y a dar los buenos días en el ascensor del edificio (aunque todos los vecinos me cayeran mal). Me enseñaste a escribir con la letra bonita y a no conformarme en el colegio con ser buena alumna, sino la mejor.

No tuviste mucho éxito enseñándome a coser ni a tender las sábanas pero, no te preocupes, no son habilidades que necesite para vivir. De hecho, creo que estoy un poco mejor sin ellas. Tampoco lograste que me gustara el jugo de lechosa o la sopa de pescado pero, estemos claras, ¿cuántas madres realmente lo logran?

Por aquellos años de mi infancia no había nada más divertido que bajar contigo en las tardes a la panadería, a comprar pan, queso, leche y un Toronto. Eso sí, uno solo. No había nada más delicioso que tus tortas o tus sándwiches a media tarde; ni nada más esperado que ese maravilloso momento en el que me llamabas a cenar, con la tacita de café con leche lista sobre el mesón de la cocina.

Me cuidaste cada vez que me mareaba en las curvas de la carretera hacia la playa de Carúpano; las cientos de veces que me clavé un caracol o la espina de un pescado en el pie, y cada vez que el ardor de una espalda quemada por el sol no me dejaba dormir, a pesar de que me pediste usar franela y protector unas 15 veces, y yo no te hice caso.

Recuerdo que hubo una época en la que te parabas de tu cama a media noche cuando te llamaba a gritos desde la mía para que me acompañaras al baño, porque en el colegio una compañera me había contado una historia sobre pitufos que cobraban vida y yo estaba aterrorizada. Pasaron los años y seguías levantándote en medio de la noche y cuando me veías frente a la computadora me hacías todo el tiempo exactamente las mismas pregunta: ¿te falta mucho para terminar ese trabajo?, ¿por qué no te vas a dormir ya?

Como cualquier buena madre que se precie de serlo, me aplicaste la psicología con esas frases que todo adolescente odia pero que, con el paso del tiempo, se convierten en lecciones, como: “si los demás se lanzan por un barranco, ¿tú te vas a lanzar también?”; “aprende, que yo no te voy a durar toda la vida” y, por supuesto, la más inolvidable de todas: “¿no sabes dónde están tus llaves?, ¿por qué yo sí sé dónde están las mías?”.

Me celebraste los novios que te cayeron bien y tragaste grueso con los que te cayeron mal desde el principio. Cuando estaba en la universidad, te empeñabas en hacerme la comida y lavarme la ropa para que yo solo me preocupara por estudiar. Me perdonaste tantas metidas de pata, tantas faltas de respeto, tantas lágrimas y tantos dolores de cabeza, que siento que siempre voy a estar en deuda contigo.

Hiciste tantas cosas por mí que no me alcanzaría lo que me resta de vida para enumerarlas todas. Hoy solo quiero darte las gracias por todas y cada una. Gracias por apoyarme incluso cuando no sabías como hacerlo. No tienes idea de cuánto significa para mí. Gracias por desprenderte de tantas cosas solo para dármelas, por entregarme tu tiempo, por dedicarte en cuerpo y alma a mi bienestar; por ser leal, valiente, incondicional, justa, fuerte, noble y bella desde el preciso momento en el que supiste que yo estaba dentro de ti.

Gracias por ser solidaria, por querer darme siempre más de lo que ya me has dado; por todos los detalles con los que intentabas distraer mi tristeza cuando todo a mi alrededor se derrumbaba, por celebrar mis alegrías y por bendecir las decisiones que he tomado con tu deseo siempre genuino de que se traduzcan en felicidad para mi vida.

Gracias por amarme con mis locuras, mis desaciertos, con nuestras maneras tan distintas de entender el país y sus circunstancias; con nuestros ideales diferentes, con nuestras convicciones y expectativas tan opuestas.

Gracias por respetar mis espacios y mis tiempos, por no juzgar y no victimizarte nunca. Por disfrutar y celebrar mis alegrías sin exigirme nada a cambio, sin chantajes emocionales, sin indirectas ni manipulaciones. Por ser honesta, por ser genuina, por ser sencilla y discreta.

Es la primera vez que un Día de las Madres me sorprende estando tan lejos de ti y mi corazón anclado en tu recuerdo me haría volver sobre mis pasos solo para ir a abrazarte una y otra vez. Gracias por ser mi cable a tierra, mis alas al cielo, mi pañito de agua tibia en la frente. Por contestar el teléfono con alegría, por contarme tus secretos, por llevarme contigo en tus palabras y tus silencios.

Confío en que la vida nos depara miles de abrazos y anécdotas que aún están por escribirse pero, mientras tanto, cierro los ojos y, ¿podrías creerlo?, me visualizo vestida de blanco cargando mi cajita negra contentiva de pandereta, triangulo y varita de punta de estrella con espejito; mientras la abuela y tú me miran desde el estacionamiento del colegio.

Sé que ella nos bendice a ambas y que su abrazo desde el cielo es un milagro de amor que recorta las distancias entre Venezuela y Panamá. Te extraño. Si algún día vuelvo a nacer, espero que vuelvas a ser mi mamá porque, aunque entendamos el mundo de maneras distintas, para mi eres la mejor mamá del mundo.

María José Flores

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