No… No me encantaría repetir ese viaje a la Gran Sabana

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Con demasiada frecuencia he escuchado a alguien decir “necesito vacaciones para descansar de las vacaciones”. Aparentemente, salir de vacaciones implica una serie de complicados procedimientos y una logística extenuante, capaz de convertir lo que deberían ser días de ocio y recreación, en un calvario agotador, peor que una jornada de trabajos forzados.

Seamos honestos, ¿dónde está la lógica de salir de vacaciones para regresar más cansado y más estresado de lo que te fuiste?

Obviamente no hablo de las madres que durante esos días se entregan en cuerpo y alma a garantizar el disfrute y seguridad de sus niños pequeños; ni de los hijos que se aventuran a llevar a sus ancianos padres a cumplir el sueño de conocer algún remoto lugar.

Entiendo que, en casos como esos, la expectativa no sea precisamente dejarse caer en una tumbona durante horas con una piña colada en la mano… Pero, que una persona adulta que viaje sola o en pareja, esté feliz con la idea de que disfrutar sus vacaciones implica necesariamente “pasar trabajo”; es algo que sencillamente no entiendo.

Siempre me ha gustado viajar. Lo que realmente no me gusta es sufrir. A ver, que sufrimientos hay muchos y de muchos tipos; pero eso de pasar incomodidades, calor, hambre y hacer esfuerzo físico innecesario como si de la maratón de Boston se tratara, de verdad que no es lo mío.

Hace ya casi diez años, tuve la oportunidad de conocer la Gran Sabana. En enero, después de las fiestas navideñas, me dispuse a conocer uno de los escenarios naturales más impresionantes del mundo.

La ilusión se apoderaba de mí días antes de partir a la aventura, cuando mis compañeros de viaje me hablaban de sus experiencias previas en Gran Sabana. La expectativa era enorme: mirar los tepuyes, disfrutar los cristalinos ríos, contemplar el infinito cielo, y sentir la energía de la tierra milenaria a mis pies.

Yo era la única del grupo que nunca había ido y, aunque tenía inquietudes por algunas cosas como dormir en carpa o cocinar al aire libre; todos me hicieron sentir que eso era un tema secundario y me ofrecieron soluciones prácticas y sencillas con la promesa de que sería uno de los mejores viajes de mi vida, geográfica y espiritualmente.

De aquel viaje aprendí tres lecciones muy valiosas que jamás olvidaré. La primera y más importante: Antes de salir de viaje con otras personas, asegurarse de que las palabras descanso, divertido, interesante, estimulante, relajante, inspirador, cómodo y significativo tengan el mismo significado para todos los miembros del grupo.

Por ejemplo, lo que en mi mente sería un despertar sereno acurrucada en mi bolsa de dormir, estirándome por largo rato antes de salir a sentarme sobre una piedra al mejor estilo del Rey León, a sorber café caliente mientras contemplaba en silencio la majestuosidad de la obra del Creador; terminó siendo el despertar de los reclutas en un campamento de entrenamiento para tropas de élite, con procedimientos planificados, asignación de tareas y tiempos de ejecución estrictos.

La carpa se desarmaba al terminar de comer y se guardaba todo perfectamente como si no hubiera mañana, se cocinaba con rigor de restaurant español, se lavaban los platos según un manual, las porciones se calculaban con fórmulas matemáticas. No daba tiempo ni de tomarse una foto. Había que apurarse, correr, cargar, desamarrar, doblar, limpiar, ordenar y cuando por fin podías tomar un poco de aliento; salir corriendo hasta el próximo punto de instalación de la bendita carpa, antes de que se acabaran los mejores puestos.

Al llegar al sitio, había que hacerlo tooooodo de nuevo pero al revés, descargar lo recién cargado, desdoblar lo recién doblado, amarrar lo desamarrado, levantar la carpa, limpiar, inflar, tensar, revisar, armar, montar, ordenar y sacar todo para, ¿adivinen qué? ¡cocinar! Y de nuevo lavar, calcular, armar, medir y después lavar, secar, ordenar, guardar, identificar…

Así se fueron los días, entre exigencias físicas por encima de mis posibilidades y mi desesperado deseo de volver a casa; sin entender cómo alguien podía considerar aquello una experiencia maravillosa y lamentando haber dependido tanto de la experiencia ajena para hacer ese viaje.

Lamentablemente, a pesar del hermosísimo paisaje que me rodeaba, cuando alguien me pregunta qué recuerdo de ese viaje lo primero que viene a mi mente es un terrible dolor de espalda, dolor de cabeza, cansancio, mal humor y la sensación permanente de querer salir corriendo.

La segunda lección que aprendí de mi viaje a la Gran Sabana es que prefiero viajar con grupos pequeños porque ¡que difícil es ponerse de acuerdo cuando todo el mundo quiere ir a una cascada distinta! Ni hablar de lo complicado de ir a un baño o de que todos quieran escuchar un tipo distinto de música, una peor que la otra.

Finalmente, la última moraleja de esta historia es que no siempre cualquier plan es mejor que quedarse en casa. Desde mi punto de vista, es preferible no ir a un lugar antes que ir a estar incómodo. En lo que a mí respecta, bastante tedioso es hacer maletas y esa debería ser la última tarea fastidiosa antes de dar el primer paso en el camino de un viaje de vacaciones, de otra manera, necesitaría vacaciones para descansar de las vacaciones y sería allí donde encontraría, finalmente, la verdadera felicidad.

María José Flores

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