España y la estrategia política de argumentar lo peor para defender lo malo

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Hace ya unos cuantos años, cuando todavía estudiaba en el colegio, llegué a casa con un examen de matemáticas aplazado. El 07/20 en color “rojo alegría” resaltaba entre mis ininteligibles garabatos y mi madre se preocupó porque habíamos pasado todo el fin de semana estudiando, para nada. Había llegado la inevitable hora de aceptar que los números no eran lo mío.

Al principio se mostró comprensiva y me preguntó qué había pasado. Fue perdiendo la paciencia a medida que le respondía “no sé, yo puse lo que sabía”. Sin embargo, lo que finalmente le hizo volar los tapones fue mi argumento de defensa: “Pero saqué más que Fulanita, que sacó cinc…”

Un grito feroz me interrumpió en seco: “¡No me interesa cuánto sacaron los demás! Da lo mismo si Fulanita sacó 00 o sacó 20. Tú tienes que aprobar aunque todas las demás reprueben”.

Ese día aprendí dos cosas: Que solamente los mediocres defienden sus errores comparándolos con errores ajenos aparentemente peores, y que no hay forma de salir bien librado de las preguntas de una madre furiosa.

La primera enseñanza aplica para infinidad de cosas en la vida. Ninguna mujer justificaría que su marido la golpeara una vez, solo porque el anterior lo hubiese hecho tres veces… Ni ningún acusado de asesinato se defendería frente un juez alegando que otros han matado a más personas.

Para usar un ejemplo menos trágico, si en un bar suben el precio de la caña de €2 a €5, y el argumento del dueño es que al lado la subieron de €2 a €6… ¿cuántas fracciones de segundo tardaremos en recordar el famoso cuestionamiento parental: “y si los demás se tiran por un barranco, tú te vas a tirar también?”

Pero esa forma de pensar no parece ser la de la mayoría de los políticos españoles. Aquí la base argumental de cualquier debate, entrevista, declaración, rueda de prensa o intervención en el Congreso es, principalmente, responder a los señalamientos sacando a relucir “algo peor” que haya protagonizado el rival político.

Hoy el líder del Partido Popular, Pablo Casado, acusó al gobierno de Pedro Sánchez de tener la “democracia confinada” y el Parlamento cerrado, aprovechando la crisis del coronavirus. La respuesta del presidente socialista fue que los presidentes de Madrid, Murcia y Andalucía, todos del PP, no han comparecido en sus parlamentos desde el inicio de la crisis.

Y como eso, todo. Pasa con todos los partidos, de todos los colores. Si le preguntan a alguien del PP sobre el caso Arena o el caso Bárcenas; con toda seguridad saldrá a relucir la red de corrupción política (caso de los ERE) en el seno de la Junta de Andalucía, gobernada por el PSOE entre 1980 y 2018.

Para los defensores de Rufián, llevar una impresora al Congreso no es tan infantil como llevar un adoquín a un debate televisivo y, si le preguntan a alguien de Podemos por la financiación de terceros países, como Venezuela; probablemente la respuesta incluya menciones a Vox y al exilio iraní.

Recientemente, el diario ABC hizo público un documento interno del PSOE llamado “Defensa ante los principales ataques sobre la gestión sanitaria”. Se trata de un argumentario en el que se defienden todas las acciones del gobierno en el marco de la crisis por el Covid-19.

En el punto número 2, “El balance de la gestión de gobierno ha sido nefasto”, se mencionan acciones e instrucciones en los ámbitos de refuerzo del Sistema Nacional de Salud, suministro de materiales, residencias de mayores y sistemas de información. En éste se incluye, además de lo que ha hecho el Gobierno nacional (PSOE), lo que “en contraste” NO ha hecho la Asamblea de Madrid (PP).

Algunos psicólogos se refieren a esta reacción, propia de personas no asertivas, como “contraataque”. Consiste en contestar una crítica con otra o en descalificar al interlocutor y, de ser posible, con mayor dureza.

Lo peor no es el folclórico contrapunteo infinito que, si no se detiene a tiempo, puede llegar miles de años atrás en el pasado; hasta algún caso aislado de Devotio Ibérica mal gestionado… Sino que el problema inmediato, que probablemente interese a muchos ciudadanos, pasa a un segundo plano y queda sin atención.

Y antes de que algún lector ávido de manipular las cosas quiera dotar a mis palabras del significado que le convenga y no del que realmente he querido darle; advierto que no se trata de olvidar el pasado o de no hacer justicia. Se trata de reconocer con gallardía los errores propios y dar ejemplo hablando primero de uno mismo antes que de los demás.

En el escenario actual de la política española, el contraataque es una seña de identidad que genera decepción; no solo porque esta Nación merece más dignidad y menos show televisivo, sino porque genera la sensación de que estamos atrapados entre lo malo y lo peor… y, como diría mi mamá, necesitamos líderes que aprueben, aunque los demás reprueben.

María José Flores Ortíz

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