Londres: Leche en polvo, Black Sabbath y “please mind the gap”

Por fin he encontrado unos minutos libres para seguir contándoles cómo estuvo mi primer viaje a Londres. Me gusta usar la palabra “primer” porque la imponente capital de Inglaterra es, sin duda, una ciudad a la que definitivamente hay que volver una y otra vez.

Después de haber superado los traumáticos acontecimientos narrados en el episodio 2 y episodio 3 de esta serie, dignos de un thriller de suspenso y acción protagonizado por el Pato Donald; Enrique y yo nos encontrábamos sobrevolando la ciudad del Big Ben (que, por cierto, ahora se llama Elizabeth Tower) en medio de una cortina de nubes que no nos dejaba apreciarla desde las alturas.

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Antes de llegar al aeropuerto, como cualquier venezolana lo haría, dediqué mis últimos minutos de vuelo a retocar cabello y maquillaje pues, Londres podrá deslumbrar por su estilo pero ¿yo? ¡Primero muerta que sencilla!

La mamá de Enrique nos esperaba en Heathrow para llevarnos a casa de quien resultó ser una anfitriona de lujo: mi cuñada. Para llegar usamos el famoso “tube” londinense y luego tomamos el tren. Al llegar a la última estación de nuestro trayecto, descubrí que tenía una especie de lavado cerebral y alteración manipulada del inconsciente, como consecuencia de la fragilidad de mi sistema nervioso (totalmente maltratado por el jet lag) y la repetición continua e incesante de la famosa frase “Please, mind the gap between the train and the platform edge”.

Luego de dejar las maletas en casa fuimos a un Tesco Express, un supermercado ubicado en Beverley Way. Por supuesto, comprobé que fue necesario haber volado 7.497 kilómetros para volver a presenciar una escena que durante mi niñez y adolescencia era cosa común en lugares como Makro, Sigo o Rattan: ¡Anaqueles llenos de miles de productos, con una amplísima variedad de marcas, versiones, tamaños!

Como no podía ser de otra manera, lo primero que metí en el carrito (al que por cierto no se le pegaban las rueditas ni le faltaba ninguna) fue leche descremada en polvo y café instantáneo. Así fue. Mientras nuestras formidables anfitrionas se hacían de algunos dulces y comidas para la ocasión especial de nuestra llegada; yo tenía los ojos como personaje emocionado de comiquita japonesa (con la lagrimita brillante titilando en el borde del ojo y todo) porque había un pasillo entero lleno de paquetes y más paquetes de papel higiénico.

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Para quienes no viven actualmente en Venezuela quizás sea difícil entender por qué alguien tendría este tipo de reacción, casi orgásmica, al contemplar más de 20 tipos de champú o toallas sanitarias en el mismo sitio. Así que antes de continuar con el relato, les dejo este link para que puedan hacerse una idea.

Al final de la tarde, Enrique y yo nos alistamos para ir a un concierto de Black Sabbath en el O2 Arena. No me voy a detener en contarles lo espectacular de la presentación en términos de sonido y puesta en escena, pues no necesito dejar claro que Ozzy Osbourne no está donde está por ser un músico sin talento.

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Como perlita, y solo para sonreír mientras lo recuerdo por un momento, les diré que “el loco” comenzó con War Pigs y hacia el final iba cerrando con Iron Man, God Is Dead?, Dirty Women y Children of the Grave; pero sin duda mis momentos preferidos fueron el solo de batería en Rat Salad y, por supuesto, Black Sabbath.

Ahora bien, interesante para una turista como yo, más allá del espectáculo; fue el ambiente antes, durante y después del concierto. Estamos hablando de la congregación de más 17.800 fanáticos de un hombre que es conocido como “el príncipe de las tinieblas”; pero el clima de respeto, la logística de los organizadores, el comportamiento cívico de los asistentes, la limpieza del lugar (incluidos los baños que parecían salidos de un catálogo de lujo de Prosein), el servicio de porteros y vendedores de alimentos y bebidas, evocaba algo así como una gala de caridad de las Naciones Unidas.

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El ticket de entrada al concierto decía que estaba pautado para las 8:30 de la noche y les juro por Dios que a esa hora en punto (después que los teloneros hicieron lo suyo mientras Enrique y yo nos comíamos una pizza en la parte de afuera) el hijo más polémico de Birmingham estaba haciendo su entrada triunfal al escenario. De allí se bajó a las 11:00 de la noche. Ni un minuto más, ni un minuto menos.

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Durante el concierto nadie ocupó nuestros asientos mientras estuvimos ausentes, nadie se paró en las escaleras de acceso, nadie preguntó si el puesto vacío que estaba al lado se encontraba ocupado, nadie lanzó un hielo, una cerveza, nadie se trepó sobre las sillas… Todos allí rockeamos, cantamos, dejamos la garganta en gritos que coreaban “yeah, fairies wear boots and you gotta believe me”; sin que nadie recibiera un empujón o le sacaran el teléfono del bolsillo. ¿Igualito que aquí, verdad?

Al salir del recinto, la marea humana ataviada de negro, que incluía hombres y mujeres de todas las edades (desde jovencitos que aparentaban unos 18 años, hasta parejas que probablemente hayan celebrado los cumpleaños de varios nietos), con peinados atrevidos y accesorios que brillaban a través de la densa neblina; se retiró hacia las afueras del imponente domo para compartir impresiones, fumar algunos cigarrillos y reírse de lo lindo, en paz y cordialidad absoluta, mientras las copas de vino y las jarras de cerveza desfilaban con glamoroso estilo.

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Un par de horas más tarde todos caminaban relajados hacia el tube, comentando las fotos que le habían tomado a Ozzy con sus teléfonos. Como ellos, nosotros también nos dirigíamos a casa en el transporte público, poco antes de la 1:00 de la mañana y a -2° centígrados…

Recuerdo que iba tarareando mentalmente esa canción… ¿Cómo era que decía?… Ah no! Disculpen… Lo que repetía una y otra vez era “Please, mind the gap between the train and the platform edge”.

María José Flores

Gracias por seguirme en Twitter: @MarijoEscribe

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