Metallica en Madrid: El rock está más vivo que nunca

Matellica en Madrid

Madrid. Ocho y media de la noche. A esa hora estábamos allí. De la tarde, más bien, porque el sol se negaba a ceder protagonismo. Después de entrar sin retraso ni complicación alguna, tocó más de una hora de cola para comprar los dichosos tokens (que se podían canjear luego por comidas y bebidas)… ¿A quién se le habrá ocurrido la brillante idea?

Fichas en mano, otra cola. La cerveza Carlsberg no mola pero ni un poquito, así que opté por lo que fue, al menos para mí, un descubrimiento rockero: kalimotxo. Se dice que es un invento vasco pero, la verdad sea dicha, sus orígenes se remontan al gusto de los inmigrantes italianos por el Chianti con Coca Cola por allá por el siglo XX.

Pero centrémonos en lo importante. Las entradas para el concierto de Metallica en Madrid las compramos con ocho meses de anticipación. Como esas, las de Shakira y las de Les Luthier, porque Enrique y yo somos así de amplios. Sin embargo, llegó el gran día y estuvimos a punto de no asistir. Afortunadamente, los malos ratos que vivimos la mañana de ese viernes no mermaron por completo nuestras ganas de rockear.

El escenario, en la misma explanada de césped verdecito pero artificial donde en julio se celebrará el festival Mad Cool, se veía bastante “normalito” mientras el sol lo tenía contra las cuerdas; pero la reina Luna lo preñó de contrastes y pocos minutos después que la voz de James estremeciera los estómagos de los presentes, la oscuridad lo abrazó dejando escapar entre sus dedos destellantes llamaradas y juegos de luces.

Podría decir que no vale la pena gastar tanto dinero para verlos en unas pantallas, pero ir a un concierto es algo más que sentir en la cara las gotas de sudor del guitarrista cada vez que sacude la melena. Sin embargo, habría sido excelente que el escenario estuviese un poco más alto… Así, quienes preferimos guardar un poco de distancia habríamos visto a lo lejos, al menos eso, las melenas.

Sin embargo, a pesar de la cola tipo “libreta de racionamiento” para las fulanas fichas, lo incomprensiblemente bajito que era el escenario, lo asqueroso de los baños, lo costoso de las bebidas y la feroz brisa helada que tenía a más de uno tiritando; el concierto fue, en una palabra, espectacular.

Es la pura verdad. Lo mejor de todo fue lo que llamo (en un alarde de creatividad que no juega carritos) el “old fashion style”: nada de figuritas 3D, ni bailarines acrobáticos ni maquillajes exóticos. Lo de este viernes en Valdebebas fue orgánico y poderoso.

Dentro de tres meses, Hetfield apagará 56 velitas en su cumpleaños y los últimos 38 se los ha dedicado a Metallica. Después de tantos conciertos y giras, sigue sonando como si estuviera grabando en un estudio. Su voz es profunda y dulce, agresiva y seductora, fuerte y cariñosa… Lo sé, suena empalagoso, pero es que soy muy fan.

En un guiño al rock local, el bajista Robert Trujillo se fajó con el guitarrista Kirk Hammett e interpretaron el tema “Brutus”, de Los Nikis; lo que generó un mar de risas (al menos entre quienes nos rodeaban) aunque pocos se sabían la canción. “Brutus, terror de los vecinos, eres mi perro preferido” reza la letra del grupo de Algeteque que, en 1987, cantaba las aventuras de un gran danés que comía con apetito infinito, incluso pantorrillas.

Asistentes de todas las edades (incluyendo abuelos metaleros y niños de preescolar enfundados en chamarras de cuero) sacudieron las cabezas durante toda la noche. Las canciones del disco nuevo “Hardwired… to Self-Destruct” (es del 2016 así que tampoco es tan nuevo) fueron coreadas y aplaudidas pero, en honor a la verdad, fue cuando interpretaron los éxitos de hace bastantes años que la euforia de muchos quedó en evidencia.

Tres kalimotxos después, cada canción generaba una reflexión inconsciente… ¿Quién era yo cuando esta canción era el sound track de mi vida? “Master of Puppets” es de 1986 y, por aquel entonces, solo tenía 7 años de edad… pero cuando el Niño Jesús me regaló mi primer walkman fue una de las primeras que grabé en un cassette directamente de la radio, mil peripecias después para que la voz del locutor no arruinara aquel meticuloso trabajo quirúrgico.

Llega la hora de las confesiones y tengo que admitir que, aunque embobada por las luces, el fuego y las tomas capturadas por los drones (que se reflejaban con sincronía perfecta en la pantalla); tenía demasiadas ganas de escuchar mi canción preferida. Pero el cuarteto se despidió y convencí a Enrique de irnos a casa porque “rockero que se respete no cae en eso de esperar que le pidan otra”, Sin embargo… un acorde de guitarra me estremeció el corazón. Así de cursi… un pequeño sonido, a lo lejos.

Tomé a mi marido por el brazo y a lo Arya Stark le dije, “todavía no”. Nos devolvimos hasta el lugar donde estábamos (ocupado ahora por un chico desprovisto de vergüenza que orinaba sobre el césped como quien riega un jardín de flores) y comenzó a sonar “Nothing Else Matters”. Excelente. Es una canción hermosa y trae recuerdos. Las chicas que estaban cerca comenzaron a besar a sus parejas como si se hubieran acordado, de repente, que los amaban.

No obstante, mi primer pensamiento fue: “Ok. Una belleza de final, pero me voy a quedar con las ganas de gritar “we’re off to never-never land”. Entonces, llegó el final Disney. Lo reconozco, un rockero no está soñando con un cierre mainstream medio cliché… ¡pero yo sí!

Enrique grabó un video y en el fondo se escucha mi voz histérica “¡Esa es la mía!”. Es que amo esa canción. Recuerdo que, cuando era muy-muy joven, me despertaba de madrugada para escucharla en una radio que me regaló mi papá (¡uff podía escuchar CD’s y todo!) y, entre un tema y otro, vivía mi momento de rebeldía adolescente.

Me pongo engreída y me reafirmo la idea de que James no quería que me fuera y se guardó esa “gema del infinito” para justo antes de retirarse definitivamente a, ¿por qué no?, comer jamón ibérico y tomar rioja reserva en el camerino (o tequeños de los que vendían en algunos food trucks).

Fue mi primer concierto de Metallica. No tuve nunca antes el privilegio ni la oportunidad. Después de ver a Black Sabath en Londres hace un par de años entendí que el rock atraviesa un momento difícil. Los más grandes no tienen sustitutos a su altura y toca seguirles los pasos mientras aún vivan y tengan energía y corazón para seguir tocando juntos. Lo tengo claro, ninguna moda está por encima de esto… And never mind that noise you heard, It’s just the beast under your bed, in your closet, in your head.

María José Flores

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