Gente que mola: Alfonzo Iannucci y la convicción de ser fiel a uno mismo

Gente que mola: Alfonzo Iannucci y la convicción de ser fiel a uno mismo



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Siempre he tenido una posición curiosa respecto a la polémica. Si es necesaria me apasiona, pero si es innecesaria me aburre hasta el sopor. Me gusta la discusión que fortalece el intelecto y surge de los argumentos y debate de ideas; la que se torna interesante cuando genera un intercambio de opiniones (y emociones asociadas) con personas capaces de decir lo que piensan y defender su planteamiento, sin caer en la tentación de matizarlo en nombre de una supuesta cordialidad, que parece más bien un «tratamiento de loco».

Sin embargo, ante la agresividad que exhibe el verbo de muchos usuarios de redes sociales, debo reconocer que no es fácil tener y sostener una opinión transversal en estos escenarios; pues resulta agotador interactuar con los demás en estos tiempos en los que la gente se ofende por cualquier cosa.

Mi esposo, por ejemplo, siempre ha sido un influenciador desenfadado, de esos cuyas opiniones impactan emocionalmente a los demás, sin que la grosera arremetida de sus detractores le afecte en lo más mínimo. Por mi parte, siempre quise imitar ese talento especial de mantenerse imperturbable ante los ataques, pero me seguía sintiendo a medio camino entre la autocensura y el hastío que me generaban algunas respuestas que recibía.

Así fue como me refugié en la cómoda posición del observador silencioso, desde donde prefería callar ante cualquier inconsistencia de la que fuera testigo, aunque nunca logré ignorar por completo la permanente necesidad de expresar lo que pensaba.

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Finalmente, poco después de llegar a Madrid, algo cambió. He retomado mi interés por compartir con el mundo lo que pienso, gracias a una serie de eventos afortunados que incluyen, entre otras cosas, haber conocido a Alfonzo Iannucci.

Me encontraba en una degustación de sushi cuando me presentaron a la periodista venezolana Helen López quien, un par de meses después, me invitó a una experiencia gastroliteraria en la biblioteca del parque El Retiro, donde se maridaron poemas venezolanos con sus deliciosos chocolates gourmet.

Mientras esperábamos el inicio de la actividad, Alfonzo reconoció a Enrique y se acercó para presentarse. Es ingeniero electricista y también comunicador social (¡vaya combinación!). En el 2005 vivió en Madrid y, aunque se devolvió a Venezuela, en 2015 regresó a España y actualmente trabaja en una empresa de consultoría informática como programador.

Sin embargo, debido a que su verdadera pasión es el periodismo, en 2016 dio forma a un proyecto que bautizó «Diáspora Venezolana», que le ha permitido ejercer su segunda carrera de manera proactiva y muy positiva, gracias a la plataforma de YouTube. A partir de esta experiencia ha conocido muchas ciudades y personas que le han contado sus historias y hoy en día son sus amigos.

En la página web de Diáspora Venezolana es posible conocer el testimonio de decenas de venezolanos en distintas partes del mundo pues, como no parece estar dispuesto a que nadie le diga lo que no puede hacer, Alfonzo viaja personalmente hasta donde sea necesario, solo para entrevistarles.

Lo de acercarse y ayudar a los demás es algo que le acompaña desde que era niño. «En mi infancia, solía ver mucha televisión y los jueves no me perdía Bienvenidos. Siempre escuchaba a Miguel Ángel Landa decir: Hagan bien y no miren a quién. La frase se convirtió en un mantra que me ha acompañado toda mi vida; especialmente gracias a mis padres, quienes lo ponían en práctica con total cabalidad. Esa es la lección que me gustaría dejar a mis hijos, que hagan el bien sin esperar ninguna recompensa por ello».

Pero que Alfonzo tenga un buen corazón no quiere decir que sea débil, al contrario. Este venezolano de familia italiana es una de las personas más firmes que conozco. En sus redes sociales suele generar debates encendidos y no le importa ir en contra de la corriente. Se considera crítico. Personalmente, no puedo decir que siempre esté de acuerdo con su opinión, pero es incisivo y mordaz. Solo por eso merece mi respeto y admiración.

En sus interacciones virtuales lo he visto utilizar datos históricos, dialéctica socrática, contraste de fuentes, formulación de hipótesis, presentación de pruebas y razonamientos deductivos e inductivos, sin apelar jamás al argumento ad hominem o algún principio de  propaganda de Joseph Goebbels.

Así, su lealtad a los valores que lo definen como profesional, esposo, padre y amigo, me enseñó que mientras seamos coherentes y responsables, vale la pena ser fiel a nuestras convicciones; sin importar con cuanto dramatismo reaccionen los fanáticos o los radicales.

Alfonzo confiesa que si tuviera la oportunidad de ser un superhéroe le gustaría ser Kalimán, aquel famoso heredero de la dinastía Kali que era considerado increíble por las habilidades y destrezas que tenía, gracias a su capacidad de controlar la mente humana.

Cuando se lo pregunté, daba por hecho que mencionar algún rockstar de cierto universo cinematográfico reciente sería ajeno a su naturaleza koi. Hablar de Kalimán parece, sin duda, más propio de él. Entiende que a partir del desarrollo de la paciencia y la concentración, sería capaz de explorar y aprovechar el potencial de su propia mente. Me decanto por creer que, en ese camino, ha dado ya los primeros pasos.

Por ahora, me quedo con la importante lección de vida que me ha enseñado: Cuando la energía de tus palabras es sincera y sin segundas intenciones, no importa cuanta polémica levante esa perspectiva única desde la que eres capaz de contemplar la realidad… Nadie podrá manipularte, ni decirte cómo tienes que pensar.

Por: María José Flores
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