"Sevilla del alma rota", un post de @MarijoEscribe

Sevilla del alma rota



La callejuela, que una vez estuvo llena de luces y risas, se descubre a sí misma cansada y silente. El ocre derramado sobre los techos y las fachadas es tinta ardiente con la que se escribe una canción triste, de esas que estremecen guitarras y desgarran la garganta de quien las hace suyas bajo la noche.

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Una melancolía sin nombre colorea el horizonte, y se quema en la ira del fuego que desprende el cielo. Sevilla se deja ver entre las telas y volantes de colores, y los hijos del viento la caminan con pasos resignados. De día, se arrebata de pasión con la locura de quien no sabe rendirse. De noche, sus esquinas doradas son refugio de amores no correspondidos.

Sobre su grandioso pedestal, ajeno a las penas de los hombres, la alegoría de la fe baila al ritmo de las nubes. En la cúspide de la Giralda, la dama coronada sobre el campanario de la Catedral de Santa María sostiene su cruz y su escudo; mientras la antigua mezquita de sus cimientos soporta el peso de las cristianas campanas, que susurran historias de glorias pasadas a los viajeros que la contemplan desde sus carruajes.

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A pocos pasos, el Real Alcázar respira cansado, expandiendo sus paredes de adentro hacia afuera. El corazón del palacio fortificado palpita lentamente y la sangre que sella las piedras de sus muros se vuelve cada vez más espesa y oscura. Las palmeras que tocan el cielo se besan sobre las nubes, escondidas como amantes de dos reinos en discordia. A sus pies, la brasa encendida, de llamas islámicas, castellanas, mudéjares, góticas, renacentistas y barrocas; deja sin aliento a los peregrinos.

Calmo, como la tristeza oculta bajo la piel del que se arrodilla, el Guadalquivir se deja atravesar el pecho por las naves y las luces. Sobre su cauce, los puentes son costuras que resarcen los caminos y en su espejo de agua brilla la eterna torre albarrana de cal y paja, la de las falsas leyendas de oro.

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Muy cerca, los torreones de la entrada principal de la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería esconden un secreto. Entre imágenes, estampas y trajes de luces, se levanta poderosa la cabeza de Arrojado, con sus enormes cuernos de puntas negras. Tiempo atrás, la bravura y nobleza de la fiera hicieron flamear los pañuelos por los que el diestro Manzanares le perdonó la vida.

El ruedo, vestido de amarillo y rojo, estremece con la emoción de la lidia el alma de quien advierte los demonios bajo la puerta de los príncipes. De los ojos de quien sueña despierto la gloria de los toreros se escapa un olé, que se confunde con el eco de una vieja castañuela.

Se va Sevilla poco a poco, perfumada de azahar. Sobre el altar ha dejado lágrimas y suspiros. Se marcha sin recoger los pedazos de piel quemada que va dejando en el camino. Se escucha el cante de un loco, se crece la luz sin sombra. El cielo sigue gritando y me voy, con el alma rota.

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