Encuentro al final del camino

encuentro al final del camino

Cuando el médico le dio la noticia, se desplomó. Su cabeza comenzó a dar vueltas y poco a poco dejó de escuchar con claridad mientras todo se iba poniendo negro. Logró verse a sí misma, tirada sobre el piso del hospital, mientras los enfermeros trataban de reanimarla.

Cuando volvió en sí, deseaba con todo su corazón haber despertado de una pesadilla. Pero el dolor se había apoderado del mismísimo aire que respiraba, y los gritos que recorrían su sistema nervioso comenzaron a estallar en su boca, sin poder contener las lágrimas y la desesperación.

El amor de su vida se había ido para siempre. Los excesos mermaron su salud hasta interrumpir el riego sanguíneo de sus arterias. El dolor le asaltó mientras dormía y, en la oscuridad de una noche sin estrellas, solo tuvo oportunidad de pronunciar tres palabras antes de descender de la ambulancia: “Te amo. Perdóname”.

Le horrorizaba imaginar cuánto había sufrido. En el escenario de sus pensamientos lo veía una y otra vez, poniendo las manos sobre su pecho y agonizando en la locura de un desenlace fatal, con los ojos llenos de miedo.

A donde quiera que volteaba le parecía verlo, con su genialidad intacta. Se reprochaba una y otra vez por todas las veces que pudo cuidarlo mejor. Se ahogaba en llanto cuando recordaba que, aun sabiendo el daño que se hacían, no hicieron nada para evitarlo.

Nunca tuvieron hijos, pero lo aceptaron con la serenidad de quien entiende que la plenitud no es algo que dependa de ello. Su compañero, su mejor amigo, la quiso con tanta entrega como ella a él. Se habían vuelto protagonistas de una epopeya que, para muchos, era una historia de amor inmune a la cotidianidad y los avatares del entorno, capaz de vencer cualquier amenaza.

Ahora pensaba en todo lo que un hombre de su inteligencia pudo haber logrado, en el tiempo que podrían haber disfrutado juntos, en los planes, los aniversarios y los cumpleaños. Lo extrañaba demasiado y después de construir su vida sobre los pilares del trabajo en equipo, se sentía indefensa, vulnerable y vacía.

Tras quince años realmente felices a su lado, la sombra de la soledad la aplastaba sin misericordia. Tenía un lustro sin ver a su familia, pero regresar a su país no era una opción. Hacía mucho tiempo que aquel hombre, que lleno su vida de tanta felicidad, le hizo prometer que no lo haría por su propio bien, pues ese lugar ya no existía.

A su marido, la muerte le alcanzó justo después de haber invertido todos sus ahorros en el rescate financiero de la empresa de su madre. Él le había prometido recuperarlo en poco tiempo pero, ahora que no estaba, no había nada que pudiera hacer. Ella debía seguir adelante, pero la tristeza y las enfermedades mermaban sus fuerzas día tras día.

Solo transcurrieron un par de meses hasta que se obsesionó con un pensamiento único: correr hasta él, correr hasta alcanzarlo, correr hasta morir. La locura devoró su mente y sus entrañas, y después de correr kilómetros enteros con los pies descalzos, finalmente lo encontró.

Lo vio de pie justo frente a ella, con los ojos abiertos, esa sonrisa preciosa de la que se había enamorado y los brazos extendidos, en una clara invitación a descansar sobre su pecho una vez más, y para siempre, al final del camino.

María José Flores

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