Los ojos del miedo en un violeta infinito

Los ojos del miedo en un violeta infinito



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Se sentía atrapada… Ahogada en una circunstancia que ella misma había ayudado a construir. No podía decidir, no sabía maniobrar. Su amor se interpretaba de mil maneras incorrectas. Sus preguntas se transformaban, de repente, en espadas. Sus silencios, en pared. En el medio, sus temores.

Todos los días cosía y arrancaba de sus labios la mordaza de su propia rebeldía. Las agujas del reloj le iban dejando heridas abiertas por las que se desangraba mientras contemplaba, en silencio, las trampas de una rosa con pétalos llenos de espinas.

Imaginaba sus propios pasos sobre un camino que no existía y, en las nubes, dibujaba escalones que la llevaban cada vez más hacia abajo. Así, antes de hacer estallar la cóncava cárcel de cristal de sus sedosos taninos; ahogó las angustias sin nombre en el hermoso color picota de una copa de Cepas Viejas.

Una tristeza que no entendía se empeñó en sabotear una incómoda conversación temprana. Un vacío que no recordaba la empujaba hacia una encrucijada. Un pensamiento recurrente le golpeaba los ojos sin descanso y, poco a poco, entendió que al creer que no creía ni en sus sueños, ni en sí misma; él también había dejado de creer.

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Preñó la luna de tantas dudas que casi la hace estallar… ¿En qué momento lo perdió, si en su corazón sentía que siempre sería suyo?, ¿en qué lugar del camino yace, agonizando, la cómplice picardía de entender sus silencios? Ser lo mejor que podía ser, ¿ya no era suficiente?

El dolor escapó corriendo de su jaula. Depredador voraz, sus mandíbulas fuertes y colmillos afilados lo amenazaban todo. Sus ojos, llenos de fuego negro, la encontraron y miraron furiosos en un violeta infinito donde el tiempo se detuvo y, ante su ataque inminente, ella se paralizó. Se escondió sin esconderse. No sabía si luchar hasta el final o correr hasta sus fauces para morir devorada… en busca de una paz en la que no creía.

Por María José Flores