La verdad que la diáspora venezolana ya empezó a decir en voz alta

Este artículo nace de los comentarios que dejaron cientos de venezolanos en el último post de @inmigrantesenenmadrid, la cuenta de Instagram que administro. Sus palabras (honestas, diversas, a veces dolorosas) son la materia prima de todo lo que leerás a continuación.

Si hay un tema que emerge con más fuerza que ningún otro en los testimonios de la diáspora, es el de los hijos.

 

Hay conversaciones que ocurren en los comentarios de las redes, en los grupos de WhatsApp a las once de la noche, en las llamadas que se alargan más de lo previsto. Conversaciones donde los venezolanos en el exterior, casi sin quererlo, se dejan ir. Dicen lo que no cabe en el discurso político, lo que no alcanza con la nostalgia ni con el análisis frío… Y lo que dicen, cuando se les escucha de verdad, es esto: que la migración ya no es lo que pensaban que sería.

No es el paréntesis que imaginaron. No es el sacrificio temporal con fecha de caducidad. Es, sencillamente, su vida.

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Llevo años acompañando a personas en procesos migratorios, primero desde el derecho, luego desde algo que se fue pareciendo cada vez más al acompañamiento humano integral; y lo que me enseñó ese trabajo (más que cualquier marco teórico) es que la migración tiene una psicología propia, una arquitectura emocional que muy pocos nombran con claridad.

Leer los comentarios que los seguidores de Instagram dejaron en uno de los últimos posts fue, para mí, como asistir a una sesión colectiva sin diván. Lo que la gente dejó escrito, a veces en tres líneas, a veces en párrafos enteros, es material clínico y poético al mismo tiempo. Es lo que ocurre cuando alguien finalmente tiene permiso para decir la verdad.

El tiempo que nadie calculó bien

Hay una frase que aparece una y otra vez, con distintas voces pero idéntica textura: «Ya llevan tantos años». Ocho. Quince. Veinte… Y en ese número hay algo que pesa más de lo que parece, porque cuando dices «veinte años» estás diciendo, también, que eres otra persona. Que el que se fue ya no es el que está.

La mayoría salió pensando que sería temporal. Esa es la verdad que pocos admiten con claridad, pero que subyace en casi todos los relatos. La migración venezolana masiva no fue, en su inicio, una decisión de echar raíces fuera. Fue una maniobra de supervivencia que se convirtió, con el paso del tiempo y a veces sin que nadie lo decidiera conscientemente, en una vida nueva.



Lo que no suele contarse es lo que ocurre emocionalmente en ese tránsito. Cuando la fecha de regreso se pospone por primera vez, algo se mueve por dentro sin hacer demasiado ruido. La segunda vez, el movimiento es más sordo y, en algún momento, difícil de precisar. La persona deja de poner fecha y empieza, sin verbalizarlo, a construir. Ese momento (ese giro silencioso) es uno de los más significativos en la psicología del migrante, y casi nadie lo celebra ni lo procesa. Simplemente ocurre.

Desde una mirada terapéutica, ese momento merece atención. Porque no asumirlo con conciencia tiene un coste: la persona puede quedarse viviendo en un limbo identitario durante años, sintiéndose demasiado de afuera para ser de allá y demasiado de allá para ser plenamente de aquí. Esa fisura, cuando no se trabaja, alimenta la culpa, la melancolía crónica y una especie de lealtad dolorosa hacia un país que ya no puede devolverle nada.

 

Los hijos, o el nudo que no tiene solución sencilla

Si hay un tema que emerge con más fuerza que ningún otro en los testimonios de la diáspora, es el de los hijos. No la nostalgia por Venezuela, no la política, ni siquiera el dinero. Los hijos.

«Mis hijos ya son de aquí». «Tienen amigos, pareja, universidad». «Han vivido más años fuera que dentro».

Esto no es un dato demográfico. Es una grieta emocional. Porque significa que el sueño del regreso, cuando existe, choca frontalmente con la realidad de una familia que ya no está partida entre dos países, sino instalada, construida, enraizada en otro suelo.

Volver implicaría pedirle a alguien que desmonte lo que tardó años en levantar y eso, la mayoría de las veces, no se le puede pedir a nadie. Mucho menos a un hijo que ya no recuerda el sabor del mango hilacha ni sabe para qué sirve el aire acondicionado en diciembre.

Pero hay algo más que quiero nombrar aquí, porque lo he visto de cerca: muchos padres migrantes cargan con una culpa no resuelta respecto a sus hijos que va mucho más allá de la decisión de quedarse o volver. Es la culpa de haberlos criado lejos de los abuelos, de haberlos privado de un idioma materno compartido, de no haberles podido dar una infancia con raíces únicas y claras. Es la culpa de haberles transmitido, quizás sin querer, una identidad fracturada que ellos tendrán que reconstruir por su cuenta.

Lo que suelo decirle a quienes atraviesan esto es algo que cuesta aceptar al principio: esa fractura también es un regalo, aunque duela. Los hijos de la diáspora aprenden desde pequeños que la identidad no es una dirección postal. Que se puede pertenecer a más de un lugar, que el hogar es algo que se construye y no solo se hereda. Eso, bien acompañado, produce personas con una amplitud interior que los que crecieron en un solo suelo difícilmente desarrollan de la misma manera.

La culpa del migrante respecto a sus hijos necesita ser procesada, no alimentada; y eso requiere, muchas veces, salir del relato de la pérdida para poder ver también lo que se dio.

El país del recuerdo y el país que existe

Hay un fenómeno que los migrantes de larga duración conocen bien, aunque no siempre tengan palabras exactas para nombrarlo: el país que llevas dentro ya no es el país que existe.

Cuando alguien lleva veinte años fuera de Venezuela, lo que conserva es una fotografía congelada en el momento de su partida. Una Venezuela de colores, olores, personas y lugares que en muchos casos ya no están. La familia se ha dispersado. Los amigos emigraron también, cada uno a su propio destino. Los barrios cambiaron, y no precisamente para mejor.

Regresar, en ese contexto, no significa volver a casa. Significa llegar a un lugar que conoces de memoria pero que ya no te conoce a ti. Es un duelo peculiar, poco comprendido fuera del círculo de quienes lo han vivido: el duelo por un sitio que no murió del todo, pero que dejó de ser tuyo.

Aquí entra en juego algo que la psicología del duelo sí ha estudiado con rigor pero que rara vez se aplica al contexto migratorio con la seriedad que merece: la pérdida ambigua.

El concepto, desarrollado por la psicóloga Pauline Boss, describe exactamente esto: la pérdida de algo que técnicamente sigue existiendo, pero que ya no está accesible de la forma en que lo estuvo. Venezuela no desapareció del mapa. Pero la Venezuela de cada venezolano que emigró sí desapareció, en gran parte, el día que cerró la maleta.

Esa pérdida no tiene funeral. No tiene fecha en el calendario. No tiene el reconocimiento social que acompaña a otras formas de duelo. Precisamente por eso es tan difícil de cerrar. El migrante que no la ha nombrado vive con una tristeza de fondo que no siempre sabe de dónde viene, una añoranza que se activa con un olor, con una canción, con el acento de un desconocido en el metro.
Nombrarlo es el primer paso. No para superarlo (eso es una trampa conceptual que hace mucho daño), sino para convivir con ello de una manera que no paralice.

Las raíces que nadie planeó

Frente a esa pérdida, hay algo que la diáspora construyó sin que nadie se lo pidiera: vida. No vida en pausa. Vida real.
Compra de viviendas. Matrimonios. Hijos que nacen con otro acento, con otra bandera en el pasaporte. Nietos que quizás nunca pronuncien «casabe» con la entonación correcta. Estabilidad laboral construida con años de esfuerzo, de adaptación, de aprendizaje de códigos que al principio resultaban extraños y que hoy son simplemente los propios.

La diáspora venezolana no está esperando. Está ocupada viviendo. Eso, que podría leerse desde cierta óptica como una derrota o una renuncia, es en realidad una forma de dignidad: la de las personas que, ante la imposibilidad de esperar a que el mundo se arregle, decidieron arreglarse ellas mismas.

Desde el acompañamiento, esto tiene un nombre concreto: resiliencia funcional. No la resiliencia de postal, la que sale en las frases motivacionales y que a mí, personalmente, me produce cierta urticaria. Sino la otra: la que no anuncia nada, la que simplemente se nota en que alguien sigue de pie, sigue construyendo, sigue eligiendo el futuro aunque el pasado duela. Esa resiliencia no se aprende en un taller de fin de semana. Se forja en la acumulación silenciosa de decisiones cotidianas tomadas en condiciones difíciles.

Lo que me parece importante subrayar es que reconocer ese arraigo nuevo no equivale a traicionar el origen. Esta es una trampa psicológica muy común en la diáspora: la sensación de que querer el lugar donde se vive es de alguna manera desleal con el lugar del que se viene. Como si el afecto fuera un bien escaso que se agota si se reparte. No funciona así. La capacidad de pertenecer (de verdad, con raíces, con apego) no se divide, se multiplica.

La generación que ya no se lo pregunta

La edad lo cambia todo, y los testimonios lo confirman con una claridad que no necesita interpretación.

Los mayores de cincuenta albergan todavía, muchos de ellos, el deseo de volver a pasar sus últimos años en Venezuela. No como proyecto de vida, sino como algo más parecido a un impulso de cierre: morir cerca de lo que fue el principio. Es hondo, comprensible, muy humano. En términos del desarrollo psicológico adulto, tiene que ver con la necesidad de coherencia narrativa: que el final de la historia tenga algo que ver con el principio.

Los de mediana edad viven la tensión de forma más aguda. Tienen recuerdos suficientemente vívidos para seguir amando el país, pero también demasiadas responsabilidades fuera para moverse sin un coste enorme. Son, en muchos sentidos, la generación más expuesta al conflicto de lealtades: con sus padres que envejecen allá, con sus hijos que crecen aquí, con ellos mismos atrapados en el medio.

Los jóvenes, en cambio, muchos de ellos simplemente no se hacen la pregunta. Venezuela es el lugar de donde son sus padres. Es parte de su identidad, sí, pero no es su horizonte.

Esta diferencia generacional importa porque cada grupo necesita procesar la migración de una forma distinta. Los mayores, muchas veces, necesitan permiso para soltar la culpa de no haber vuelto. Los de mediana edad necesitan, con frecuencia, salir del rol de sostén permanente de todos y poder preguntarse qué necesitan ellos. Los jóvenes, a veces, necesitan que alguien les dé espacio para construir una identidad venezolana que no esté basada únicamente en el dolor de sus padres.

La diáspora no es un bloque monolítico: es un archipiélago de experiencias, edades, duelos y esperanzas que conviven bajo el mismo gentilicio. Y cada isla de ese archipiélago tiene sus propias mareas.

Ni nostalgia romántica ni puerta cerrada

La conclusión más honesta que surge de todo esto no es el abandono ni la espera. Es algo más complejo y más verdadero.

La diáspora venezolana no ha cerrado la puerta a Venezuela. Pero tampoco está suspendida en el tiempo aguardando que algo cambie para poder vivir. Está construyendo. Criando hijos. Enterrando a sus muertos lejos de casa. Celebrando bodas en otro idioma. Mandando dinero. Llamando los domingos. Guardando en algún cajón una foto vieja con los bordes ya amarillos.

La esperanza existe. Pero es una esperanza adulta, que no se alimenta de promesas sino de procesos, que sabe que la reconstrucción de un país no es el trabajo de una generación sino, quizás, de varias.

Hay quienes han llegado a una conclusión que antes habría sonado a traición y que hoy suena, simplemente, a verdad: que no es necesario volver para contribuir. Que las inversiones, el conocimiento, las redes internacionales, el ejemplo de lo que se puede construir con esfuerzo y sin red también son una forma de seguir siendo venezolano.

Lo que me parece más urgente, desde la perspectiva del acompañamiento, es que la diáspora encuentre espacios donde poder hacer este recorrido emocional con conciencia. No para resolver lo irresoluble, sino para dejar de cargar en silencio con algo que tiene nombre, que tiene estructura, que otros también sienten y que, cuando se comparte, pesa un poco menos.

Lo que vi en esos comentarios, entre tantas otras cosas, fue eso: el alivio de saberse acompañado. De leer en las palabras de un desconocido algo que uno lleva años sintiendo sin poder decirlo.
La pregunta que empieza a tomar forma no es cuántos van a regresar. Es cómo un país que se dispersó por el mundo aprenderá a seguir siendo país, incluso desde lejos. Cómo sostendrá una identidad común cuando sus hijos ya hablan con acento de otro lugar y sus nietos cargarán un dolor heredado que no sabrán del todo cómo nombrar.

Esa es la pregunta que define a la diáspora venezolana en este momento de su historia. No el retorno. La continuidad y la posibilidad, todavía abierta, de que ese dolor tan repartido por el mundo sirva para algo más que para recordar lo que se perdió.

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