Recuerdos de mi abuela en tiempos de cuarentena

Recuerdos de mi abuela en tiempos de cuarentena



Ayer estuve recordando a mi abuela. Hace 16 años que nos cuida desde el cielo pero, de seguir en este plano, estaría animándonos y haciéndonos reír durante la cuarentena. Estoy segura de que ya sabría usar el WhatsApp y todas las redes sociales, y nos habría enviado un montón de canciones y poemas de su autoría.

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Prolífica como pocas, a “Rosarito” le gustaba escribir, recitar y cantar. Además, era buenísima contando anécdotas porque imitaba voces, gestos y siempre sabía cómo, cuándo y dónde hacer el énfasis y las pausas.

Como muchas señoras de su tiempo y circunstancia, no tenía muchos estudios, pero tenía una personalidad tan magnética que todo el que la conocía se sentía atraído por su inteligencia y risa contagiosa. Era orgullosa y generosa, pero sobre todo muy ocurrente.

Recuerdo que, cuando éramos niños, mis primos y yo pasábamos las vacaciones escolares en su casa de Maturín. Nos recibía con los brazos abiertos pero éramos catorce niños hiperactivos y siempre nos decía: “Ay mis nietos adorados, ¡me gusta tanto cuando vienen! …pero me gusta más cuando se van”.

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En las noches se acostaba tarde. Le gustaba a complicidad la luna durante aquel último cigarrillo, y las horas se le iban conversando con quien quisiera acompañarla bajo el manto de estrellas que adornaba su porche.

En las mañanas, nuestras revoltosas almas infantiles, ansiosas de jugar, correr y gritar; encontraban resistencia en las instrucciones parentales. Teníamos prohibido hacer ruido cerca de la habitación de la abuela; pero siempre encontrábamos la manera de no dejarla dormir.

También le gustaba hacer la siesta y, durante esas horas del día, un murmullo recorría la casa entera. Era el “¡Shhhsss!” de nuestros padres y tíos para que “respetáramos el sueño de los mayores”, mientras las catorce criaturitas con exceso de energía hacíamos caso omiso y perseguíamos a las gallinas del patio.

Mi abuela nació en 1926 en un pueblito llamado Manresa. A diferencia de la ciudad española del mismo nombre (capital de la comarca del Bages), este caserío del municipio Piar del estado Monagas (Venezuela) no aparece en el mapa. En su juventud se casó con José Luis, y lo amó hasta el último de sus días, después de criar ocho hijos y ver crecer juntos a 12 nietos y dos bisnietas.

Le gustaba reírse y, entre todas sus amigas de fina estampa, Rosarito destacaba por su alegre desenfado. Decía que su hermano Juan tenía los ojos azules por algún ascendiente europeo (probablemente el «Mascaró», que se colaba hacia el final de sus apellidos, le animaba a sostener la teoría).

También cocinaba riquísimo. Preparaba unas hallacas espectaculares (cuyo ingrediente secreto era el refresco de limón que se tomaba mientras picaba los ingredientes) e incluso marcaba algunas “sin frutas”, para los nietos de mal comer que no tenían estómago para las aceitunas, las alcaparras ni las pasitas).

Mención aparte merecen sus arepas, que no tenían competencia (acompañadas de huevo frito con una chispita mágica de adobo “La Comadre”)… El café con leche era otro nivel pero, de todas las cosas que hacía, lo que más me gustaba era el pan casero. Recién hecho, calientico, con mantequilla y queso blanco era poesía.

Apasionada y elocuente, su color favorito era el rojo; aunque siempre lamentó que fuera también el de comunistas y autoritarios socialistas hambreadores.

Fue un ser humano honesto, transparente, auténtico y fuerte, a quien le tocó vivir cosas muy duras, pero que nunca se derrumbó. Conoció el dolor pero fue una mujer feliz, o al menos así la recuerdo. Y en momentos de tanta incertidumbre me reconforta pensar en su coherencia, optimismo y buen humor… otras vacunas que el mundo también necesita.

María José Flores