Historias de viaje: "Saliendo del país de las colas"

Historias de viaje: «Saliendo del país de las colas»



He decidido contarles, por capítulos, el viaje que hice junto a mi esposo para conocer a su mamá que vive en Inglaterra. Así es! Casi cuatro años después iba a ver si me daban el “visto bueno” jejejeje. Pasamos más de tres meses planificando el viaje, aunque para ser honesta el verdadero “gerente de la iniciativa” fue Enrique. De manera impresionante compró vuelos por Internet, ubicó hoteles, cuadró horarios, descargó aplicaciones para viajes, sincronizó dropboxs, consiguió adaptadores, adquirió sim cards, armó carpetas de Cadivi, pidió citas, consiguió documentos, hizo llamadas y hasta le dio tiempo practicar inglés. En esos mismos tres meses mi única preocupación era comprar unos zapatos de invierno y nunca los conseguí.

Marijo y Enrique_ Viaje a Londres 2013

¡Por fin llegó el 09 de diciembre! Nunca he tenido la certeza pero estoy casi segura que el día que nací mi mamá llegó corriendo al hospital. Literalmente corriendo. Es que no puede existir una justificación diferente para que, siempre que me toque “salir”, tenga que hacerlo como si me persiguiera una jauría de lobos hambrientos.

Así pues, el día que salí de mi casa rumbo a Londres no podía ser de otra manera. Abrir los ojos y comenzar a desplazarme de manera que, entre un paso y el siguiente, ambos pies quedaran en el aire por un momento; fue la misma cosa. Corriendo entonces, mi esposo y yo llegamos al encuentro con mi hermano, quien nos llevaría al aeropuerto.

Con la convicción que siente todo venezolano, de que justamente el día que llega tarde al aeropuerto es el único de todo el año en que su vuelo saldrá puntual, llegamos al terminal aéreo de Barcelona (Anzoátegui, Venezuela). No obstante, pudimos embarcar. Como no podía ser de otra manera en el país de las colas, tuvimos que hacer una fila larguísima para confirmar los boletos y otra peor para que nos “pusieran un sellito” de las tasas aeroportuarias, que ya estaban incluidas en los pasajes.

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Por cierto que, cuando compramos los boletos, la hora de salida para Maiquetía era 6:00 de la mañana. Sin embargo, al recibir los boarding pass nos dimos cuenta que la habían cambiado para las 7:15 am. Afortunadamente no íbamos a una cita de Visa americana milimétricamente planificada o a una operación quirúrgica impostergable a primera hora del día, porque los amigos de Avior ni siquiera se tomaron la molestia de avisar del cambio de horario.

Lamentablemente en Venezuela los retrasos en vuelos de cualquier aerolínea nacional son tan normales que ya forman parte de la idiosincrasia criolla. Hay todo un repertorio de chistes e incluso la gente cuenta sus anécdotas en una especie de “competencia”, en la que resulta ganador quien haya tenido que esperar más tiempo y pasar más roncha. Por supuesto, no existe la voluntad, ni los mecanismos, ni la autoridad para que esa situación se corrija, por lo que a nadie le importa que una aerolínea modifique arbitrariamente la hora de salida de un vuelo.

Por fin en Maiquetía. Poco después de las 8:30 am la búsqueda de desayuno resultó infructuosa. En todos los locales de comida del aeropuerto la gente hacía colas que parecían presagiar el fin del mundo. Decidimos ir directo al terminal internacional donde resultó ser peor. Debo confesar que eso de “hacer una cola” no se me da con facilidad, así que decidí seguir esperando. En algún momento podría comprar algo de comer sin tener que pasar por la indignante necesidad de estar parada como una idiota, perdiendo el tiempo.

Tratando de hacer algo más productivo, decidimos buscar a alguien de la aerolínea para disipar algunas dudas sobre el equipaje. Resulta que, en Maiquetía, el sistema de información sobre taquillas de confirmación de vuelos consiste en preguntarle a la gente: ¿Esta es la cola de Iberia?, ¿esta es la cola de American? y así sucesivamente.

La taquilla de Iberia abría a las 11:00 de la mañana, pero desde la madrugada estaban los pasajeros haciendo, ¿a que no saben qué?, Pues eso mismo: ¡Cola! Poco después de las 9:00 optamos por sumarnos a la histeria colectiva y nos plantamos allí, en medio de aquel maremágnum de maletas forradas con plástico transparente y personas que se tiraban al piso como si estuvieran en un festival de Woodstock, pero de los malos.

1:00 de la tarde. Maletas entregadas en Iberia. El vuelo estaba pautado para las 5:30 pm, por lo que por fin tendría un respiro. Como eso de conocer a mi suegra con los cabellos como un asterisco no me causaba mucha gracia, me puse a buscar el salón de belleza que siempre había escuchado nombrar pero nunca había visto en el terminal internacional de Maiquetía.

Solo alguien con la habilidad intuitiva para decodificar mapas genéticos alterados por viajes a través del tiempo en universos paralelos, habría podido encontrar aquella dirección. Afortunadamente Enrique nació con un GPS interno y una orientación espacial superior a la del Halcón Milenario, porque de otra manera todavía estuviera buscando la peluquería y con toda seguridad habría tenido que pedirle ayuda a cualquiera de los personajes de Harry Potter pues el pasillo, estoy segura, termina en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

En el sótano, bajando por el ascensor o por unas escaleras en las que probablemente se grabó el episodio piloto de la serie original del Súper Agente 86, y atravesando intrincados pasillos completamente cubiertos por mini baldosas amarillas de 1×1 cm, hay una pequeña puerta que bien podría ser la salida de emergencia de Narnia cuando la del ropero esté dañada. Fue el primer lugar en muchas horas en el que no tuve que hacer cola, pero no tenían punto de venta y algo me dice que el agua con la que lavan el cabello proviene de un pozo profundo en las entrañas de una montaña secreta del estado Vargas, custodiada por un espectro.

Obviamente desistí de la idea. Fui corriendo al terminal nacional donde funciona una peluquería un poco más decente. Al terminar, poco antes de las 2:00 pm, tuve que correr de regreso al internacional. En el camino la fuerte brisa me dejó como Tina Turner en sus mejores años. Adiós secado.

Fue al volver al aeropuerto desde donde saldría el tan cacareado avión de Iberia, que la cosa se puso buena. Para pasar al control de seguridad de aduana e inmigración, había que hacer la mamá de las colas, mientras la gente pedía permiso constantemente para atravesar aquella pared humana. Allí estuvimos cerca de 20 minutos hasta que abrieron otras dos puertas. Todo el mundo corría. El sonido de las rueditas de las maletas golpeando el piso roto del terminal aéreo a toda velocidad permanece todavía fresco en mi traumatizada memoria. Fue una sensación de caos, desinformación, anarquía y salvajismo impactante.

Logré pasar al otro lado. Se suponía que al llegar hasta donde estaban las autoridades la gente se calmaría. Lamentablemente no fue así. A las cajas donde debes colocar tus efectos personales para pasarlos por el escáner solo les faltaba volar por encima de las cabezas. En la corredera para entrar muchos se colearon, muchos se quedaron atrás, de repente todos se quitaban los zapatos al mismo tiempo, los relojes, las chaquetas, las cosas pasaban por la máquina y del otro lado se amontonaban los pasajeros impacientes, porque la correa avanzaba a paso de vencedores, y en el apuro se confundían las cajas, se caían las cosas, se tropezaba la gente. Todo un espectáculo.

Cuando creía que no podía pasar nada peor, llegué a la cola de inmigración. Estoy segura, segurísima, que mientras estuve en esa cola ocurrieron capítulos enteros de la historia contemporánea universal, civilizaciones indígenas y rurales se habrán transformado en pioneros de las nuevas tecnologías y probablemente se realizaron estudios para descubrir curas a las más terribles enfermedades del mundo. Fueron 92 minutos CONTADOS, en una cola en forma de espiral en 3D, esperando para llegar a la taquilla. No había aire, no había un baño cerca, no había donde sentarse. Solo había ruido, angustia y bebés llorando.

Al salir de allí me tocó, de nuevo, correr. Salvador Dalí (el avión) ya esperaba por nosotros, pero una aeromoza nos hizo saber que teníamos tiempo de comer algo antes de abordar pues, para variar, había un pequeño retraso. Para no alejarnos mucho de la puerta de embarque (¿se imaginan el papelón si después de tanto show perdíamos el vuelo?), decidimos sentarnos en un acogedor café que estaba justo al frente. Pedí un sándwich de pan canilla con roast beef y un café con leche. Cuando Enrique llegó a la mesa traía un pan cuadrado con jamón y queso, y un refresco. Sucede que no había roast beef, no había canilla y no había leche; como para que me quedara bien claro que todavía no había salido de Venezuela.

Por fin hicieron el llamado. Visualizaba ansiosa mi asiento en el avión y esas confortables sabanitas rojas de Iberia para, por fin, intentar descansar un poco. Pero faltaba un episodio más en esta serie de eventos desafortunados. Antes de montarnos en la aeronave, funcionarios de la Guardia Nacional revisaron nuevamente el equipaje de mano. Por supuesto, tuvimos que hacer otra cola.

Lo primero que hay que decir es que te “bataquean” la maleta como si no les importara que algo se pueda romper; y no puedo evitar preguntarme: ¿si rompen algo, lo pagarán?

Lo segundo es que, luego de pasar cuatro horas de mi vida la noche anterior acomodando todo obsesivamente para que ningún corotico de las computadoras portátiles sufriera daños durante el viaje; este señor saca las cosas “a los coñazos” y las lanza sobre un mesón como si les tuviera rabia. Luego pretendía que me subiera al avión con la maleta en ese estado, por lo que me vi en la obligación de advertirle que, así como la desordenó, me tenía que permitir volver a ordenarla porque “mi Asperger no me dejaba tenerla de esa manera”.

Mientras me veía con mala cara mientras yo volvía a ordenar aquel desastre, comenzó a preguntarme de dónde sacaba yo dinero para salir del país, a dónde iba, cuándo regresaba, quién viajaba conmigo y cuál era la razón por la que necesitaba llevar dos laptops. Sin comentarios.

Cuando Enrique pasó su inspección me contó que por error había dejado un yesquero en el bolsillo de su chaqueta y, cuando el funcionario notó que lo traía, le explicó que no se lo decomisaría porque era de plástico. “Si fuese un Zippo, sí te lo quito”, le dijo. Bueno, así estamos.

Sobre las cosas que pasaron después que despegamos les contaré en otro post. Por lo pronto solo puedo adelantarles que si lo que vivimos en Barajas algún día llega a la gran pantalla, tendría que ser dirigido por el mismísimo J. J. Abrams. Hasta entonces.

María José Flores

Gracias por sus comentarios a través de Twitter: @MarijoEscribe

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