El día que aprendí que "amor no quita conocimiento"

El día que aprendí que «amor no quita conocimiento»



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Cuando aún estaba en los últimos semestres de mi carrera en la escuela de comunicación social, tuve la oportunidad de trabajar para el noticiero de un canal de televisión y para un periódico regional. Siempre me gustó la fuente de economía pero durante la mayoría de mis guardias de fines de semana fui asignada a la fuente de sucesos.

No era la fuente que más me gustaba cubrir, especialmente porque los crímenes y accidentes solían ocurrir en la noche y eso significaba salir muy tarde del trabajo; y porque jamás desarrollé el «cuero duro» que ya tenían muchos de mis colegas, para no dejarme afectar por el dolor que sentían otros seres humanos que lloraban desconsolados en un hospital.

Sin embargo, debo confesar que «cubrir sucesos» me dejó muchas lecciones de vida. Por ejemplo, fue una noche de domingo, frente a las puertas de una morgue, cuando entendí en toda su dimensión el verdadero significado de la expresión «amor no quita conocimiento». Esto fue lo que pasó:

Un muchacho de 19 años había muerto como consecuencia de un enfrentamiento con la policía. El hecho ocurrió en un barrio a las afueras de la ciudad y, mientras duró el intercambio de balas, un funcionario y otro habitante del sector resultaron heridos.

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Aproximadamente media hora después que el cuerpo sin vida del joven ingresó a la morgue, llegó su madre. La señora se bajó corriendo de una camioneta en mal estado, agitando las manos mientras lloraba con un dolor desgarrador. «Mi hijo, mi criatura, ¿dónde está mi hijo?», gritaba estremecida mientras sus manos golpeaban con fuerza las oxidadas rejas del recinto.

Quienes estábamos allí contuvimos la respiración. Trabajadores de la morgue y otras personas que llegaron con ella la tomaron entre brazos para tratar de calmarla. Pasaban los minutos y nadie nos ofrecía una declaración que pudiéramos llevar a nuestras salas de redacción para robustecer la noticia. Solo teníamos algunos datos sueltos: el fallecido era buscado activamente por los cuerpos de seguridad desde hacía más de tres meses y estaba señalado de varios delitos, entre ellos asesinato y robo a mano armada. Sin embargo, la información era extraoficial y confusa. Además había pocos voceros autorizados disponibles en el momento para dar declaraciones.

Me senté en las escaleras donde la madre del muchacho terminaba de tomar un vaso de agua con azúcar. La escuchaba llorar mientras otra mujer sostenía su cabeza y le ofrecía consuelo. «Ay Dios mío, Dios mío, me has arrancado el corazón Dios mío», repetía con lágrimas que no dejaban de brotar copiosamente de sus ojos. «Mi bebé, ay mi bebé no, mi príncipe no, ay Dios mío».

Un señor se acercó y me advirtió sobre lo inconveniente de mi presencia en aquella escena, cargada de emociones encontradas; signada por el horror y la tragedia de una mujer que sentía en cada músculo de su cuerpo la somatización de un dolor que le estaba partiendo el alma. «Ella llegó al barrio hace cinco años con su hijo, sola. Su esposo y su otro hijo murieron en la tragedia de Vargas. Es una señora mayor, creo que está pisando los 60 años ya. No creo que vaya a entender que tú quieras tomarle una declaración».

Resignada, tomé mi cartera y decidí irme sin saber más detalles de lo ocurrido. No había dado tres pasos cuando escuché una voz agresiva e impotente que me llamaba: «periodista, periodista, venga un momento por favor». Era la madre del joven. «Tengo algo que decir y ya que usted está aquí haga su trabajo completo, escúcheme y espero que lo que yo le diga salga mañana en el periódico».

Después de tragar grueso, saqué mi libreta y me paré frente a la señora, mientras otras personas (que supongo eran sus vecinos) me fueron rodeando poco a poco. Mis colegas se habían marchado y mi editora no dejaba de llamar por teléfono para saber por qué no había regresado aún. Por experiencias previas me imaginaba que aquella entrevista sería como prácticamente todas las anteriores; es decir, algo así como: mi hijo era un muchacho inocente, deportista, estudiante; pero un policía se antojó de él y me lo desgració.

«Me mataron a mi hijo», me gritó en efecto la mujer. «Al único hijo que me quedaba vivo». Pero su actitud agresiva fue mermando poco a poco a medida que su llanto y su demostración de tristeza aumentaban. Debo confesar que me sentí abrumada por aquel sufrimiento que lo desdibujaba todo, pero si algo me impactó (y me impactó para siempre) fueron sus siguientes palabras:

«Este dolor tan grande no lo puedo soportar, siento que voy a morir yo también. Mi hijo era lo único que me quedaba en esta vida, porque nosotros perdimos a su papá y su hermano y solo nos teníamos el uno al otro. Ahora lo matan como un perro y a mí me duele porque es mi hijo, porque yo lo llevé en mi vientre, porque yo lo parí, lo amamanté, lo vi crecer y lo crié lo mejor que pude pero no lo hice lo suficientemente bien. Me duele mi hijo, pero él se buscó lo que le pasó».

Me parece recordar que en ese momento hasta el movimiento de las hojas de los árboles se detuvo. Balbuceando casi, tratando de articular una pregunta coherente para no herir susceptibilidades, solo atiné a decir: «¿Y por qué usted piensa eso señora?».

Ella me respondió: «Él escogió el mal camino y le hizo sufrir a otras personas lo mismo que estoy sufriendo yo ahora. Incluso hoy mismo dos hombres están heridos porque él les disparó. Del policía no voy a hablar porque para mí todos son corruptos pero de mi vecino no tengo nada malo que decir. Es una persona inocente y estuvo a punto de perder la vida por culpa de mi hijo. Es difícil pero esa es la realidad y ser madre no me hace ciega o gafa. Una cosa es que uno ame a sus hijos y otra distinta no querer ver que no son buenas personas. Conmigo se portaba bien, pero siempre le dije que no se puede ir por la vida haciendo daño a los demás sin pagar las consecuencias, tarde o temprano. A lo mejor ahora otros padres, hijos y hermanos sentirán que se hizo justicia y encontrarán consuelo».

Ella no pudo seguir hablando y, la verdad, yo tampoco podía seguir escribiendo. Durante varios días esas palabras retumbaron en mi cabeza, como un eco infinito que me golpeaba de adentro hacia afuera. No debe existir sobre la Tierra un amor más puro e infinito que el de una madre por su hijo y, sin embargo, ella pudo aceptar la realidad aún sin renunciar a ese sentimiento.

Esa señora me dio una gran lección que espero no olvidar nunca: ¡Amor no quita conocimiento! Cuando se tiene inteligencia, responsabilidad y, sobre todo, madurez; no importan las circunstancias. Cuando tienes criterio y una base sólida sobre la cual decir las cosas, entiendes que los sentimientos no son menos porque tengas la capacidad de reconocer aquello que no está bien.

Por eso cuando escucho a una persona referirse a cosas que no le gustan sobre su pareja, su familia, sus amigos, su trabajo o hasta su país; no me voy a de bruces a juzgarlo, señalarlo o criticarlo porque «denigra» de aquello a lo que se refiere. En el caso de las personas, todos tenemos virtudes y defectos y, por más que las amemos, hasta las más probas y correctas tienen algo que no nos gusta (estoy segura que mi esposo me adora, pero eso no quiere decir que aplauda mi desorden, por ejemplo).

Por eso cuando escucho a un venezolano “quejarse de Venezuela”, yo no creo que la odie, que la menosprecie, que la «ponga por el piso», como leí en estos días. Querer al país donde naciste no significa que tengas que justificar todo sobre él. Si algún compatriota dice que hace falta una modernizar los programas educativos, que los hospitales no tienen las condiciones ideales, que las calles están llenas de basura, que el transporte público no funciona, que la inseguridad y la corrupción han alcanzado niveles increíbles o que, en líneas generales, se han perdido los buenos valores y la sociedad se ha vuelto caótica… ¿quién te da derecho de acusarlo de no amar a su país?, ¿te consta que no lo ama?

Amar a tu país no significa estar obligado a decir únicamente las cosas buenas que tiene. Amar a tu país no significa querer obviar lo malo, como si el hecho de «no decirlo» fuera una fórmula mágica para que los problemas no existan. Amar a tu país no significa atacar visceralmente a quien se atreva a decir algo que a ti te parece negativo. Muchas veces, quienes hacen ese tipo de comentarios lo hacen con dolor también, pero son personas observadoras y críticas, que analizan las cosas e interpretan lo que les rodea.

Si queremos responderles hagámoslo con explicaciones, si vamos a diferir utilicemos razones para convencer. Insultar a alguien no demuestra que tengamos razón, solo demuestra lo impotentes que nos sentimos y lo pobre de nuestros argumentos. Debatir ideas es apasionante, pero debe hacerse con respeto (y lo primero que hay que respetar es la opinión de otra persona, que además no está obligada a pensar igual que tú). Criticar algo no significa despreciarlo. Al contrario, significa conocerlo, incluso, a pesar del amor; un sentimiento que no tiene que ser menos solamente por eso.

María José Flores.